El slasher es el único subgénero que el público lelo y la crítica de cine descerebrada del Siglo XXI identifican más o menos bien porque su conocimiento histórico es muy limitado y no va más allá de los años 80 del siglo pasado, amén de cierta continuidad relativa en buena parte del horror del nuevo milenio a escala idiosincrásica. Efectivamente, el cine de cuchilladas o muertes en cadena se ha ido volcando desde el J-Horror de fines de los años 90 y principios de la década siguiente hacia la comarca sobrenatural a partir del enorme éxito de la franquicia comenzada por Destino Final (Final Destination, 2000), el célebre opus de James Wong, esquema que nos dejó con un gigantesco volumen de bazofias que reemplazaron progresivamente al querido gore de antaño por el sustrato más aséptico de los fantasmas, las maldiciones y los poseídos del averno o ultratumba, sin embargo a veces aparecen anomalías que nos sorprenden con una ortodoxia bien ejecutada, como en el caso de Sonríe (Smile, 2022), debut en el largometraje de Parker Finn, o con alguna variante de la fórmula de siempre que hasta puede leerse como una “novedad” por el simple hecho de que rearticula elementos ya presentes en el imaginario del terror cinematográfico aunque no muy utilizados en nuestros días, precisamente lo que sucede en ocasión de Háblame (Talk to Me, 2022), la interesante ópera prima de los cineastas australianos Danny y Michael Philippou, unos hermanos gemelos que empezaron haciendo cuasi proezas autodestructivas modelo Jackass (2000-2001), se hicieron conocidos por un canal de horror cómico extremo de YouTube, RackaRacka, y después saltaron al séptimo arte cuando se cansaron de que la plataforma internacional de videos les pague una miseria en relación a la popularidad de sus trabajos y las visitas que le generaban a YouTube, una queja repetida en todo el ecosistema digital oligopólico de hoy en día ya que la precarización y el esclavismo son generalizados.
Por supuesto que los Philippou no inventan absolutamente nada pero, como decíamos con anterioridad, ofrecen una variación sutilmente insólita del repetido slasher sobrenatural del Siglo XXI, por momentos dando a entender que pretenden sustituir la andanada de muertes del rubro por una historia con peso específico propio como si fuesen discípulos del costado irónico y sádico de Clive Barker o unos émulos en diferido del Jacques Tourneur de Yo Caminé con un Zombie (I Walked with a Zombie, 1943) y La Noche del Demonio (Night of the Demon, 1957) aunque adaptando un hipotético cuento adolescente posmoderno firmado por Edgar Allan Poe o W.W. Jacobs, planteo profesional y discursivo a priori imposible que en términos prácticos nos deja con detalles contextuales singulares como, por ejemplo, primero una fantasmagoría de impronta masoquista en vez de sólo sádica en secuencia en función de la paradigmática colección de cadáveres, segundo una representación de los espíritus en pantalla como entidades manipuladoras a nivel emocional en la praxis real y no únicamente como titiriteros ultra literales que controlan los cuerpos de los posesos, un mal arrastrado desde El Exorcista (The Exorcist, 1973), joya de William Friedkin, y tercero una crítica vedada y muy fuerte a la banalidad de la juventud y los adultos inmaduros actuales, atrapados en un hedonismo bobalicón perpetuo que se vincula además al fetichismo con la exhibición permanente on line, de allí que cualquier acontecimiento fuera de lo normal genere la “respuesta reflejo” de pretender filmarlo con los teléfonos para después postear el video resultante en redes sociales como imbéciles morbosos que sustituyen la empatía y la comprensión del pasado -o el horror- con la necesidad de venderse a sí mismos como tristes productos con la capacidad de encontrar “algo” inusitado a su alrededor o en ellos mismos, casi siempre pavadas denigrantes, dolor ajeno gratuito y/ o chiquilinadas necias del montón.
La historia es irrelevante y sólo cobra vida mediante el muy buen trabajo del elenco y la estructuración firme de los directores y guionistas, las cuales recurren a practical effects y mucho maquillaje tenebroso para los instantes macabros: después de un prólogo en el que Cole (Ari McCarthy) termina apuñalado por su hermano Duckett (Sunny Johnson) mientras lo sacaba de una fiesta y mientras los otros asistentes en vez de ayudar al segundo, herido y enajenado, se dedicaban a filmarlo hasta que se suicida clavándose el cuchillo de turno en la frente, la trama arranca con la púber negra de 17 años Mia (Sophie Wilde) lamentando el suicidio de su madre Rhea (Alexandria Steffensen), teniendo una relación distante con su progenitor Max (Marcus Johnson) y en esencia pasando el tiempo con su mejor amiga Jade (Alexandra Jensen), quien a su vez vive con su madre Sue (Miranda Otto) y su hermano menor Riley (Joe Bird) y tiene un noviecito fanático cristiano llamado Daniel (Otis Dhanji), así las cosas las dos chicas terminan formando parte de un grupo comandado por Joss (el negro gigantón Chris Alosio) y Hayley (el intérprete transgénero Zoe Terakes, una opción bizarra porque es claramente una mujer disfrazada de hombre en un rol de cuasi abusón típicamente masculino), dupla que organiza muchas sesiones de posesión de ojos negros y 90 segundos en torno a una mano embalsamada que hay que estrechar para luego exclamar “háblame” y “te dejo entrar”, lo que genera una advertencia contra Riley de parte de una Mia controlada por espíritus malévolos y a posteriori de hecho un ataque brutal contra el pobre mocoso, quien es obligado a golpearse la cabeza y casi sacarse su ojo derecho con sus propias manos. Rechazada por Jade y Sue por apoyar esa sesión símil médium desde el vamos, la protagonista descubre que la mano la consiguió Joss de Duckett y que el espectro de su madre, ese que ve en todos lados desde entonces, puede no ser benévolo ni amistoso.
Más allá de que en el film todavía se noten marcas formales sardónicas del derrotero de los hermanos Philippou para RackaRacka y su principal retahíla de videos, House of Racka, en sintonía con la escena en la que un Daniel poseído le da besos de lengua al bulldog de su novia, Cookie, esa secuencia de Mia chupándole un pie al fanático religioso en medio de la noche o el mismo calvario de Riley, masoquismo que es doble porque al inicial le sigue otra autogolpiza en un baño luego de morder a su hermana, Háblame ofrece otros instantes asombrosos, en especial la sesión en el hospital en la que el personaje de Wilde presencia una tortura orgiástica/ lovecraftiana/ infernal a lo Jigoku (1960), de Nobuo Nakagawa, que lamentablemente no desencadenan un desenlace a la misma altura, en esta oportunidad uno apenas correcto de mascaradas sobrenaturales ya anticipadas por la narración cual episodio estándar de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), la serie del eterno Rod Serling. Como acontecía con Finn y la actriz protagónica Sosie Bacon en Sonríe, aquí los méritos cruciales recaen en el estupendo desempeño de Bird y Wilde, los martirizados en cuestión desde una efusividad pocas veces vista en el ámbito anglosajón reciente, y en este andamiaje retórico inamovible que imponen los realizadores australianos, con una primera parte de presentación de personajes de basamento mundano y por ello creíble, un segundo capítulo de explicación general de la dinámica de las posesiones y la necesidad de no sobrepasar los 90 segundos con el monstruito inmaterial dentro de uno, algo además simbolizado en una vela amarilla que debe ser apagada, y un último acto de acumulación de catástrofes porque tanto Riley como Mia son juguetes tácitos de esos fantasmas/ demonios insistentes del slasher abstracto, hoy con las avanzadas acumulándose en las postrimerías de esta fábula acerca del duelo y la obsesión biopolítica con la vigilancia internalizada…
Háblame (Talk to Me, Australia, 2022)
Dirección y Guión: Danny Philippou y Michael Philippou. Elenco: Sophie Wilde, Joe Bird, Alexandra Jensen, Marcus Johnson, Miranda Otto, Alexandria Steffensen, Chris Alosio, Zoe Terakes, Otis Dhanji, Sunny Johnson. Producción: Kristina Ceyton y Samantha Jennings. Duración: 94 minutos.