¿Qué? (Che?)

Variaciones del absurdo erótico

Por Emiliano Fernández

Justo luego del éxito monumental de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968) y el asesinato en 1969 de su esposa Sharon Tate, con la que había trabajado en La Danza de los Vampiros (Dance of the Vampires, 1967), por parte de la secta de lunáticos encabezada por el psicópata de Charles Manson, Roman Polanski estrenó Macbeth (The Tragedy of Macbeth, 1971), una reinterpretación hiper arrebatadora, violenta y apesadumbrada de la archiconocida obra de 1606 de William Shakespeare que a su vez le debía bastante a la exégesis para la pantalla grande de 1948 de Orson Welles en especial en la importancia que tenía el aquelarre de brujas en desencadenar la debacle en función de la ambición malsana que residía en el corazón del protagonista titular desde el vamos, en la piel de Jon Finch, suerte de metáfora sobre esa naturaleza envilecida del ser humano que ya había quedado en evidencia mediante los crímenes de la Familia Manson a lo punto final de los sueños y el ideario de cambio social del hippismo en materia de la capacidad revolucionaria positiva de aquella generación del Flower Power. Macbeth abría la década del 70 con el pragmatismo despiadado y el nihilismo que caracterizaría de allí en más a buena parte de los bípedos del globo, no obstante Polanski nunca fue uno de esos que se quedan mucho tiempo en el mismo lugar, como tantos otros directores que filman la misma película una y otra vez, y por ello su siguiente opus, ¿Qué? (Che?, 1972), desconcertó a todo el mundo ya que así como el trabajo previo estaba repleto de sentido trágico y angustia deseosa de estallar, la nueva aventura cinematográfica era un canto al absurdo en donde cualquier intención de asignarle significados automáticos se caía a pedazos por la idiosincrasia lúdica del film y una más que manifiesta influencia de Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland, 1865) y A Través del Espejo y lo que Alicia Encontró Allí (Through the Looking-Glass and What Alice Found There, 1871), las dos obras maestras de Charles Lutwidge Dodgson alias Lewis Carroll en lo que atañe a la literatura anárquica, humorística y fantástica centrada en el derrotero ultra accidentado de una señorita que jamás llegaba a comprender todo lo que le sucedía al caer en la madriguera de determinado Conejo Blanco y entrar en una comarca de ensueño donde las previsibilidades desaparecían prácticamente por completo, situación que en el papel derivaba en episodios infantiles desquiciados y en el trabajo del realizador polaco en una coyuntura picaresca y exquisita repleta de callejones sin salida, nimiedades imaginativas y diversos sinsentidos.

 

El guión del director y su colaborador habitual Gérard Brach, con quien Polanski escribió además la citada La Danza de los Vampiros, Repulsión (1965), Cul-de-sac (1966), El Inquilino (Le Locataire, 1976), Tess (1979), Piratas (Pirates, 1986), Búsqueda Frenética (Frantic, 1988) y Perversa Luna de Hiel (Bitter Moon, 1992), por un lado se acopla a esa andanada de realizaciones que reversionaron en clave adulta los textos satíricos de influjo pueril de Carroll, en sintonía con Valerie y su Semana de las Maravillas (Valerie a Týden Divu, 1970), de Jaromil Jireš, Luna Negra (Black Moon, 1975), de Louis Malle, y Tierra de las Mareas (Tideland, 2005), de Terry Gilliam, y por el otro lado recupera algo de esas disertaciones psicológicas y semi experimentales de Henry James en lo que respecta al análisis de la sexualidad humana y de los curiosos comportamientos sociales tanto bajo condiciones estables y controladas como en un entorno más heterogéneo o cambiante. A mitad de camino entre la patafísica, el humor popular rústico de Europa del Este, la broma metadiscursiva, el dadaísmo, aquel sexploitation desvergonzado de la época, la commedia all’italiana y hasta esa conjunción símil Francis Bacon entre violencia y belleza, pintor irlandés que por cierto es aludido en pantalla mediante la aparición de Estudio del Retrato del Papa Inocencio X de Velázquez (Study after Velázquez’s Portrait of Pope Innocent X, 1953), asimismo una relectura tenebrosa aunque hipnótica del original de 1650 de Diego Velázquez, la trama de ¿Qué? es en gran medida inexistente porque sigue la estructura de lo que en el ámbito cultural anglosajón se denomina “cuento del perro peludo” o “shaggy dog story”, por una anécdota de un perro lanudo que al final resulta no tan lanudo, en esencia una estructura retórica/ narrativa/ formal de índole iconoclasta que en un principio parece respetar la arquitectura general de los chistes habituales, léase introducción, núcleo y un remate/ desenlace que sorprenda y despierte la risa fácil del espectador, sin embargo el desarrollo traiciona las expectativas del público porque se extiende más de lo que se considera aconsejable o repite incesantemente los mismos latiguillos o le presta demasiada atención a detalles irrelevantes o directamente opta por ofrecer un anticlímax que no sólo pone al descubierto la naturaleza arbitraria y carente de lógica del relato sino que en esencia subraya el hecho de que el verdadero sustrato humorístico del convite en su conjunto pasa por burlarse del oyente/ espectador, ya que éste quedó prendido de la historia esperando lo esperable para después sentirse estafado como un purrete al que no le dan eso que deseaba.

 

Aquí el encadenamiento cuasi surrealista comienza una noche en la que una norteamericana hippona de 20 años haciendo autoestopismo en Italia, Nancy (Sydne Rome), es llevada en un coche por tres hombres (Carlo Delle Piane, Mario Bussolino y Livio Galassi), quienes de repente quieren violarla pero la dejan escapar cuando uno de ellos pisa accidentalmente sus anteojos y pretende sodomizar a uno de sus colegas, generando una pelea y dándole la oportunidad a la hermosa muchacha para subirse a un pequeño ascensor que la lleva a una lujosa villa en las alturas a lo posada a orillas del paradisíaco Mar Mediterráneo, donde a su vez casi todos los habitantes del lugar -incluso ese perro que la recibe- pretenderán abusar de ella o por lo menos convencerla de que se deje coger y no los aburra con sus idioteces femeninas. Habiendo perdido sus bolsos con todas sus pertenencias y documentos y ahora sólo poseedora de su diario, al que lleva con ella en todo momento para registrar lo que le sucede, el cuidador de la villa (Pietro Tordi) y una sirvienta (Nerina Montagnani) le ofrecen sin más una habitación y rápidamente es espiada mientras se desnuda por Alex (Marcello Mastroianni), un ex proxeneta con un establo de cuatro prostitutas al que abandonó hace siete meses, señor al que todos desprecian por su egoísmo y soberbia. Como durante la noche alguien le robó su remera destrozada, Nancy por la mañana utiliza una servilleta para taparse los pechos y descubre de a poco a la insólita fauna que habita allí, entre los que se encuentran una pareja de francesas nudistas (Renate Langer y Birgitta Nilsson), las cuales sólo hablan entre ellas y gustan de tomar sol todo el día, Jimmy (Roger Middleton) y Tony (Gianfranco Piacentini), un par de bufones que detestan a Alex, una fémina misteriosa (Christiane Barry) que se la pasa teniendo sexo con Tony debajo de las frazadas, Mosquito (el propio Polanski), un personaje bizarro con la cara magullada que adora bucear y pescar con arpón y tiene puesta la remera rota arreglada de la protagonista, y un clérigo católico sin nombre (Guido Alberti), quien previene a Nancy sobre la corrupción y la decadencia de la villa y de Alex en especial. La chica tiene sexo con el ex alcahuete, luego de una sesión sadomasoquista en la que el hombre se calza una piel de tigre cual disfraz y la golpea para que comience a darle latigazos como si se tratase de un felino salvaje, no obstante después la expulsa de su torre/ hogar sin explicaciones y a pura frialdad, siendo asimismo echada tácitamente de su cuarto cuando arriba una pareja de mediana edad de turistas yanquis, hablamos de Charlie (Richard McNamara) y Ruth (Cicely Browne). Nancy duerme en un colchón inflable en la playa rocosa pero se despierta de golpe y descubre que le robaron los pantalones, por lo que le pide ayuda a Jimmy para encontrar al sospechoso, Mosquito, así el hombre le confiesa su amor y de inmediato cae dormido. Como solución se recuesta en un sillón con forma de mano de lo que parece ser una sala de estar con muchos cuadros de las vanguardias de principios del Siglo XX como el cubismo y el impresionismo, aunque al despertarse en la mañana del segundo día se desayuna con el hecho de que un tal Giovanni (Romolo Valli) tiene su cabeza entre las piernas de la mujer, el cual la acusa de ser una perra en celo que se pasea semidesnuda y a posteriori le comenta de su artritis y se pone a tocar en un piano una composición de Wolfgang Amadeus Mozart, Sonata para Teclado a Cuatro Manos en do Mayor (1765), a la que se suma la misma Nancy hasta que cae un pétalo de flor sobre las teclas. Cuando quiere visitar a Alex descubre que en la torre ahora trabajan dos pintores (Luigi Bonos y Alvaro Vitali) y un capataz, Renzo (Franco Pesce), tapando el blanco de las paredes primero con marrón y luego con celeste, ganándose la joven que le pinten el muslo y la pierna izquierda en un instante de descuido, lo que lleva a que las cosas comiencen a repetirse porque al encontrar al ex proxeneta en la terraza de la villa éste pisa una pelota de ping pong de Tony y Jimmy y la invita a tomar el té a solas con intenciones sexuales, idéntico ritual de la jornada previa aunque en esta ocasión con la idea de incorporar a una ignota -o un ignoto- Amandine en un ménage à trois, quien por cierto le mordió el pene ayer mismo detrás de unos arbustos. En un almuerzo colectivo por fin conoce al dueño de la mansión de las alturas, Joseph Noblart (Hugh Griffith), un ricachón avejentado y en silla de ruedas que está siendo cuidado por una adusta enfermera alemana (Elisabeth Witte) que gusta de leer Así Habló Zaratustra (Also Sprach Zarathustra, 1885), de Friedrich Nietzsche, veterano medio gagá a quien la señorita le robó un pijama en el inicio para no andar en topless o con aquella servilleta, sin embargo todo deriva de nuevo en delirio cuando el viejo parece sufrir alguna clase de ataque, le pega una patada en los testículos al cura, el sexópata de Tony se apoya contra el culo de la enfermera, Mosquito salva a Noblart conectando un tanque de oxígeno a su boca y para colmo Joseph comienza a perseguir en su silla de ruedas a Nancy. Después de otra sesión sadomasoquista pero a la inversa, ahora con Alex azotando con una rama en el trasero a la muchacha luego de encadenarla de manos y pies en una playa, la estadounidense descubre al personaje de Valli leyendo su diario en voz alta ante la fauna del lugar entre carcajadas, preámbulo de otro déjà vu con la artritis, el piano, Mozart y el pétalo y de un conflicto entre Giovanni y Alex, administrador y sobrino de Noblart respectivamente, porque el mandamás no encargó la compra de una pintura barroca que la tragicómica criatura de Mastroianni no puede pagar, ofreciendo en cambio -y en vano- los servicios sexuales de Nancy cual puta al vendedor, Catone (Henning Schlüter). De repente se aparece Charlie, un fanático de los walkie-talkies, para comunicarle que debe presentarse ante el vejete, quien le pide que le muestre la pierna pintada de celeste, una teta y finalmente la vagina, lo que genera que caiga muerto y la mujer empiece a huir de todos los moradores del lugar, incluidos dos germanos de traje blanco (Mogens von Gadow y Dieter Hallervorden), quienes asimismo la persiguen sólo porque ella escapa, después enterándose del fallecimiento de Joseph. El perro, alegoría en cuatro patas de la nulidad de una civilización mentirosa que no significa nada en la villa, le muerde el pijama y la deja ya desnuda, optando por escapar por el mismo ascensor del comienzo y subiéndose a la parte trasera de un camión que transporta cerdos en medio de una noche lluviosa, todo mientras trata de explicarle a los gritos a Alex que están en una película que se intitula ¿Qué? y que ella debería marcharse porque la susodicha está por terminar, no obstante el ex alcahuete queda atrapado en la espiral compulsiva de antaño y la invita a tomar el té a solas para volver a cogérsela como un disco rayado. Vale aclarar que el título del film se relaciona con la perplejidad de la “no trama” porque hace referencia a una de las expresiones corporales e idiomáticas más populares de los italianos, el famoso gesto del “che vuoi?”/ “¿qué quieres?” o simplemente “che?”/ “¿qué?”, ese con todos los dedos juntos, apuntando hacia arriba y moviendo la mano como un subibaja bien colérico, señal eterna de frustración, impaciencia o disgusto ante el accionar, la idiosincrasia, las idas y vueltas o las palabras de un tercero o terceros a los que no se llega a entender del todo ya que despiertan desconcierto o algo de angustia como este sublime cuento del perro peludo.

 

Si bien la película retoma el tono desfachatado y disruptivo para con el humor promedio occidental y/ o cultural mainstream de otras faenas de Polanski en el campo de la comedia negra o la semi comedia, en línea con Cul-de-sac y La Danza de los Vampiros, sustrato irreverente que reutilizaría en ocasión de El Inquilino, Piratas, Oliver Twist (2005), Un Dios Salvaje (Carnage, 2011) y La Piel de Venus (La Vénus à la Fourrure, 2013), también es innegable que la odisea de Nancy posee características muy singulares vinculadas a una sátira erótica en una villa que parece ser un edén, decanta en un limbo de repeticiones tontuelas y finalmente desemboca en un averno apenas maquillado/ simulado en donde el sexismo y la desnudez física y emocional constituyen las reglas por antonomasia debido a que las distintas encarnaciones femeninas y masculinas vienen a representar los rasgos más ridículos, disparatados o nauseabundos de cada género, así es cómo la caricatura en tanto herramienta toma posesión de la propuesta retórica de manera paulatina: ella simboliza cierta banalidad naif mujeril que puede ser intermitentemente cautivadora o asfixiante, pensemos que su apego a su diario, en el que escribe frasecitas bastante huecas, hace las veces de una fetichización con la dimensión íntima que tiende a construir relatos de absolutamente todo lo que ocurre en el día a día cuando semejante dialéctica interpretativa no puede extenderse en un cien por ciento a la praxis cotidiana ya que, de hecho, ésta cuenta con una apabullante carga de absurdo, compulsiones y desvaríos narcisistas que no resisten lógica alguna (mucho menos el amor, la otra gran obsesión femenina), amén del hecho de que el personaje de Rome siempre se muestra optimista porque lo que desea en suma es agradar al prójimo de la misma forma en que tantas hembras son criadas para ser perfectas a nivel estético, actitudinal o de apariencia social en evidente detrimento de un verdadero conocimiento del mundo más prosaico y los peligros que en él acechan, detalle también representado en la pregunta irónica de uno de los tres italianos del coche de la introducción en torno a si en alguno de sus múltiples viajes por España, Francia, Italia y Afganistán alguna vez la violentaron/ violaron, a lo que ella responde diciendo que tuvo suerte porque siempre se topó con “gente simpática” como el trío de turno; y por el lado de los varones tenemos un amplio surtido de acosadores que toman la forma de un muestrario alrededor de un impulso sexual al que le importa un comino que la mujer no pretenda despertar pasiones sin freno porque lo que prima es la cosificación del cuerpo femenino como juguete libidinoso al que se ama o rechaza siguiendo tanto la dinámica del coito desde la perspectiva masculina, eso del éxtasis furioso y luego desinterés y una buena dosis de apatía, como la misma neurosis del macho en materia de reducir a la contraparte a puta asumida/ no asumida o arpía que la va de santa pero puede clavar el puñal en cualquier momento, de allí sin duda se explica el constante trastorno bipolar que padecen los hombres en pantalla en materia de correr detrás de ella y luego ningunearla, golpearla, burlarse sin piedad, tratarla como sirvienta, insultarla, prejuzgarla o privarla de ropa, vivienda, comida o un mínimo afecto, contención y/ o respeto, pensemos para el caso en el popurrí tácito que nos ofrece un Noblart símil viejo verde y enajenado que gusta de dar lástima para saciar su voyeurismo, un Alex que se maneja como un manipulador/ vividor/ parásito crónico de lo más lastimoso, un Giovanni que se mueve como un histérico misógino y basureador pero al mismo tiempo diletante de un costado musical sensible que aflora con el piano, un cura ultra hipócrita que se la pasa condenando la lujuria y el hedonismo de la posada pero jamás se propone abandonarla por su promesa de paraíso ad infinitum, un Tony que no puede sustraerse de su adicción al sexo y la costumbre de perseguir a toda hembra que se le ponga adelante, un Jimmy bastante chiflado -o quizás algo cínico- que histeriquea a la mujer sin ponerse de acuerdo consigo mismo en lo que atañe a su atracción o su abulia frente a la muchacha, un Charlie que considera a su esposa, la siempre esperpéntica Ruth, un cero a la izquierda y así prefiere jugar con los walkie-talkies, y un Mosquito que asimismo está interesado en la protagonista aunque tiende a caer en una pugna con Alex de resonancias homosexuales por la intensidad del asunto y su trasfondo juguetón. Como en gran parte del cine de Polanski, en esta oportunidad el concepto de perversión resulta fundamental para comprender el comportamiento de los personajes en consonancia con la fascinación que desata lo prohibido en el intelecto del adulto, desde la conducta apenas indecorosa hasta el tabú sensual explícito, por ello el lenguaje del porno se mezcla con el andamiaje de la comedia mainstream de enredos para reforzar la caída de máscaras comunales tradicionales dentro de una villa en la que las manías tienen preeminencia y el pudor desaparece porque los culos, las tetas, las conchas y las pijas se comunican sin fariseísmo ni rituales de apareo desgastantes basados en la desconfianza mutua, la distancia prudencial y un pesimismo que de un momento a otro muta en optimismo cuando se enciende la lamparita del cariño, de allí que resulte tan hilarante el choque entre las consecuencias de la tentación animalizada masculina, eso de tocarle el culo a Nancy o pegarle una buena cachetada gratuita para que deje de lado las sonseras de la sociedad exterior, y precisamente las buenas intenciones de ella para con todos a lo hippismo tardío/ trasnochado o acervo femenino prototípico de sonrisita falsa para mostrarse encantadora y no generar reacciones machistas bobaliconas vinculadas a la negación de la voluntad del otro y el clásico “si no se deja coger, de seguro es una frígida hiper concha seca”. A la belleza absoluta de la fotografía de Marcello Gatti y Giuseppe Ruzzolini y de la villa de turno en sí, propiedad del productor Carlo Ponti, se suman por un lado los espléndidos arreglos de Claudio Gizzi de las composiciones del mencionado Mozart, Franz Schubert, Cuarteto para Cuerda Número 14 en re Menor alias La Muerte y la Doncella (1824), y Ludwig van Beethoven, Sonata para Piano Número 14 en do Sostenido Menor alias Claro de Luna (1802), y por el otro lado el genial desempeño de un elenco en el que se destacan un Mastroianni que venía de rodar Liza (1972) con Marco Ferreri, con el que pronto volvería a colaborar en La Gran Comilona (La Grande Bouffe, 1973), un Griffith todo terreno y célebre por Ben-Hur (1959), de William Wyler, Éxodo (Exodus, 1960), de Otto Preminger, Motín a Bordo (Mutiny on the Bounty, 1962), de Lewis Milestone, Tom Jones (1963), de Tony Richardson, ¡Oliver! (1968), de Carol Reed, El Hombre de Kiev (The Fixer, 1968), de John Frankenheimer, Empiecen la Revolución sin mí (Start the Revolution Without Me, 1970), de Bud Yorkin, El Abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971), film de Robert Fuest, y Los Cuentos de Canterbury (I Racconti di Canterbury, 1972), de Pier Paolo Pasolini, y una Rome en verdad celestial y muy talentosa que lamentablemente caería en el olvido luego de trabajos para gente como Luigi Cozzi, René Clément, Claude Chabrol, Luigi Zampa y David Hemmings, entre otros realizadores dentro de una carrera en la que sólo ¿Qué? pudo aprovecharla en términos de esa presencia crucial que justifica la pasión desplegada en el inolvidable opus del polaco…

 

¿Qué? (Che?, Italia/ Francia/ República Federal de Alemania, 1972)

Dirección: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski y Gérard Brach. Elenco: Marcello Mastroianni, Sydne Rome, Hugh Griffith, Romolo Valli, Guido Alberti, Henning Schlüter, Gianfranco Piacentini, Roger Middleton, Richard McNamara, Cicely Browne. Producción: Carlo Ponti. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 10