¿Quién Puede Matar a un Niño?

Vástagos descarriados

Por Emiliano Fernández

Obra maestra del terror social, ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976) es de por sí una rareza dentro de una carrera bien extraña como la de Narciso Ibáñez Serrador, un realizador y guionista uruguayo/ español, hijo de nada menos que Narciso Ibáñez Menta y Pepita Serrador, cuya carrera estuvo casi por completo enfocada en la televisión, para la cual ideó unitarios, películas varias y sobre todo programas de concursos de enorme éxito en Europa. En lo que respecta al cine, el film en cuestión es el segundo de un total de apenas dos realizaciones que tuvieron estreno comercial en salas tradicionales y que le han ganado un lugar más que privilegiado en una Hispanoamérica muy poco proclive a los logros artísticos en el género de los sustos y similares. En este sentido, vale aclarar que ¿Quién Puede Matar a un Niño? no tiene nada que ver con La Residencia (1970), ópera prima del cineasta y todo un clásico del horror gótico y los internados del espanto para señoritas, ni tampoco con -por ejemplo- La Culpa (2006), aquel opus que el señor rodó para el ciclo de TV Películas para no Dormir, asimismo suerte de remake de alto perfil de Historias para no Dormir, una legendaria serie de la década del 60 que Serrador supo crear en un contexto en el que todo lo relacionado con el terror audiovisual permanecía inexplorado en castellano.

 

El guión del propio Serrador -bajo el seudónimo de Luis Peñafiel- reproduce al pie de la letra la premisa del libro de base, El Juego de los Niños (1976) de Juan José Plans, con una pareja de turistas británicos, Tom (Lewis Fiander) y Evelyn (Prunella Ransome), llegando a la localidad ibérica de Benavís, una región costera muy visitada por viajantes de todo el mundo, con la decidida intención de trasladarse lo antes posible a una isla mucho más tranquila a cuatro horas de navegación desde el continente, Almanzora, que Tom conoce porque ya estuvo allí doce años atrás. De hecho, el hombre prefiere esquivar el bullicio de las fiestas populares de Benavís tanto por su anhelo de paz vacacional como por su idea de evitarle cualquier foco de estrés a su esposa embarazada, con quien ya tiene dos hijos pequeños llamados Richard y Rosie. Cuando arriban a Almanzora descubren que las edificaciones del pueblo están abandonadas, que los adultos desaparecieron de la faz de la tierra y que sólo pululan en el lugar purretes, circunstancia que se agravará cuando una muchacha toque sonriente el vientre de Evelyn, los teléfonos suenen sin cesar con una voz pidiendo ayuda en holandés y una chica le quite el bastón a un anciano para golpearle la cabeza hasta matarlo y luego utilizarlo como piñata -junto a otros niños- con una guadaña.

 

Hasta la primera mitad de la trama, instante en el que Tom se entera de que los mocosos tomaron posesión con violencia de Almanzora, el director se sirve de un manejo majestuoso del suspenso mediante pequeños detalles hitchcockianos que nos indican a nosotros como espectadores que el asunto va de mal en peor y la amenaza está próxima a materializarse para unos protagonistas que caminan por las calles desérticas sin conciencia del peligro de turno (no tienen conocimiento de los cadáveres que estuvieron apareciendo en las playas de Benavís y arrastrados por las olas desde la isla, no se percatan que hay ojos acechantes por todos lados y tampoco interpretan las sonrisas -o hasta las miradas adustas y frías- de los chiquillos como lo que son, una máscara para oscuras intenciones); a lo que le sucede una segunda parte que también resulta genial en su dosificación del suspenso vía la obsesión de Tom con ocultarle sus hallazgos progresivos a su mujer para que no entre en pánico de golpe (primero descubre los cuerpos en una pensión de un par de turistas holandeses, rápido comprende que la hija de ambos es la que llama por teléfono solicitando auxilio y hasta no le transmite a su esposa el relato de un lugareño desesperado que vio cómo dos noches atrás hordas de niños entraban en las casas entre murmullos y risas para masacrar a los adultos).

 

La película entrelaza con gran inteligencia y valentía una serie de temáticas muy incómodas para la mojigatería occidental, capitalista y cristiana de siempre como por ejemplo la levedad estupidizante de la condición de turista, la responsabilidad social ante las guerras y las crisis, la hipocresía burguesa y lumpen con respecto a purretes que son reducidos a “no personas” a nivel comunitario, el fantasma de la venganza de esos inocentes mancillados, la posibilidad de una revolución etaria concreta en donde el apocalipsis viene disfrazado de ingenuidad y finalmente la enorme necesidad del aborto en un mundo como el presente, este planeta plagado de injusticias, miserias y atropellos que sinceramente no necesita más y más seres humanos engendrados desde el egoísmo de parejas individuales en semi crisis y con semi ganas de cumplir con el mandato social vetusto de la reproducción. Desde la misma secuencia inicial de créditos, donde un cúmulo de registros documentales dan una estimación de las muertes infantiles en experimentos demenciales, conflictos armados y hambrunas en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil entre India y Pakistán, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam y la Guerra Civil en Nigeria, el film apuesta a ponderar la carnicería encarada por los pequeños como un acto de verdadera justicia contra los adultos.

 

Serrador se inspira en Los Pájaros (The Birds, 1963) de Alfred Hitchcock para incorporar una rebelión espontánea, natural y algo imperceptible contra la especie más dañina de todas, el repugnante homo sapiens, de El Pueblo de los Malditos (Village of the Damned, 1960) de Wolf Rilla toma esa “mentalidad de panal” de jóvenes resplandecientes que aquí parecen moverse casi por hipnosis recíproca, de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968) de Roman Polanski extrae la noción del nonato como objeto de disputa entre la madre y un exterior que se asoma amenazante, por ello la escena en la que el crío se carga a su progenitora desde dentro del vientre es una de las grandes secuencias de la historia del género, y hasta La Dolce Vita (1960) de Federico Fellini es citada en una memorable conversación del matrimonio, cuando en una habitación de Benavís él le narra a ella que un personaje juicioso, pacífico y ferviente amante de su familia en un momento de la epopeya del italiano mata a sus dos hijos y luego se suicida para “salvarlos del mundo del futuro”, a lo que ella responde que el mismo Tom quiso que abortara este tercer hijo por venir. Precisamente, el opus del español contrasta de modo continuo el prurito moral/ humanista de ella de defenderse de los ataques infantiles con la disposición asesina casi automática de él al momento de dar de baja a los sicarios bajitos, planteo que por supuesto trae a colación por un lado la pantomima de la compasión burguesa cuando se trata de terceros y por otro lado el canibalismo entusiasta cuando se considera el propio pellejo/ interés/ objetivo vital.

 

Escenas extraordinarias como la de la iglesia, en la que Tom encuentra a una adolescente con el vestido ensangrentado puesto de la holandesa y conversando jocosa con sus amigas, a un grupo de varones tratando de quitarle la ropa restante al cadáver para ver sus pechos y a un par de nenes chiquitos en un confesionario simulando ser un sacerdote y un feligrés, enfatizan otro concepto de fondo de la película -uno de los más importantes, a decir verdad- vinculado al aprendizaje más eficaz y autoconsciente en tanto parodia implícita de los rituales sociales al trastocar la seriedad culposa del ecosistema de los adultos en una algarabía que -siguiendo el ejemplo previo- acepta socarronamente la banalidad/ fetichismo estético de las mujeres, la fijación masculina con el sexo y la payasada de las religiones y “autoridades” avaladas por las mayorías. La otra opción frente a los embates homicidas de los niños, la de aceptar el destino trágico sin contraatacar, aparece también en la propuesta mediante ese pobre hombre que le aclara al inglés lo que ocurre y se resigna a acompañar a su hija sollozante que lo manipula para llevarlo hacia la muerte. La pérdida del respeto a los bípedos de mayor altura y la destrucción de la idea de obediencia aquí se dan la mano con la falta de comunicación entre los humanos, cortesía no sólo de las nacionalidades en choque sino también del simple hecho de que Tom habla algo de castellano y Evelyn queda presa de lo que decide contarle su marido ya que no comprende nada del idioma del país anfitrión. El film asimismo ofrece instantes de una gigantesca incorrección política como la masacre del desenlace a cargo de un Tom portando una ametralladora y la lucha posterior en el muelle, puesta en vacío sobre vástagos “descarriados” que funcionan aislados de las presiones empobrecedoras del contexto social y hasta se sirven de ellas para ridiculizar y faenar a adultos que se creen superiores, los cosifican, se desentienden de ellos y terminan condenándolos frente al primer indicio de problemas -de cualquier tipo- en el horizonte…

 

¿Quién Puede Matar a un Niño? (España, 1976)

Dirección y Guión: Narciso Ibáñez Serrador. Elenco: Lewis Fiander, Prunella Ransome, Antonio Iranzo, Miguel Narros, María Luisa Arias, Juan Cazalilla, Marisa Porcel, Luis Ciges, Antonio Canal, Aparicio Rivero. Producción: Manuel Salvador. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 9