Sin revolucionar ningún formato ni mucho menos porque aquellos tiempos de cineastas y películas radicales quedaron largamente en el pasado, el realizador y guionista australiano Sean Byrne, nacido en la Isla de Tasmania, ha ido saboteando sutilmente cada uno de los estereotipos con los que trabajó a nivel de los relatos de sus hasta ahora tres películas, léase Cita de Sangre (The Loved Ones, 2009), Los Caramelos del Diablo (The Devil’s Candy, 2015) y Animales Peligrosos (Dangerous Animals, 2025), todas elogiables y gratamente viscerales dentro del marco inofensivo actual, la primera sobre un pobre muchacho, Brent (Xavier Samuel), que es secuestrado y torturado por una compañera demente de colegio, Lola (Robin McLeavy), y su progenitor semi incestuoso, Eric (John Brumpton), por haberle rechazado la invitación a concurrir al baile/ fiesta de graduación de la escuela secundaria, la segunda acerca de un artista plástico, Jesse (Ethan Embry), que se muda junto a su familia a una casa bucólica y debe impedir que el ocupante previo, un tal Ray (Pruitt Taylor Vince) que escucha la voz de Lucifer y por ello suele taparla tocando a todo volumen una guitarra Gibson Flying V, asesine a su única hija, Zooey (Kiara Glasco), y la tercera sobre una linda chica estadounidense apasionada del surf y haciendo turismo en Australia, Zephyr (Hassie Harrison), que termina raptada por un psicópata amante de ofrecer “alimento humano” a los escualos en alta mar y grabar el asunto con una vieja cámara VHS, Tucker (Jai Courtney).
La dilatada década entre Los Caramelos del Diablo y Animales Peligrosos nos habla de las enormes dificultades del cine independiente para abrirse paso en un ecosistema industrial contemporáneo atiborrado de productos intercambiables o anodinos que a su vez subrayan el conservadurismo tanto del streaming como de los films que aún llegan a las salas de exhibición, en este mismo sentido se enmarca el hecho -una claudicación, en suma- de que este tercer y flamante opus sea el primero en no contar con un guión del propio Byrne, aquí por suerte cayendo en manos de Nick Lepard, un debutante que a nivel espiritual respeta la línea de las historias del director y reconfigura las epopeyas de tiburones asesinos, un rubro sin duda agotado en términos clásicos, de la misma forma que Cita de Sangre trastocó el horror adolescente con tufillo a slasher y Los Caramelos del Diablo hizo lo propio con el espanto de maldiciones y posesos en sintonía con el satanismo. El muy buen nivel de las tres propuestas tiene que ver con la receta de fondo de cada una, pensemos que así como el debut combinó el porno de torturas, el exploitation en diferido de La Masacre de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), joya de Tobe Hooper, y la comedia negra sobre la payasada del Príncipe Azul, el segundo opus metió en la misma exacta bolsa el suspenso de asesinos en serie, la destrucción familiar de El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, y ese terror sobrenatural/ de sectas que tanto hemos visto con el correr de los años.
Animales Peligrosos, la odisea que nos ocupa, también puede interpretarse como un refrito o pastiche de elementos bien específicos de otras realizaciones, sobre todo ese loquito que alimentaba a su cocodrilo mascota con distintos huéspedes del hotel de Devorados Vivos (Eaten Alive, 1976), la siguiente película de Hooper después de La Masacre de Texas, las recordadas jaulas protectoras para nadar entre escualos de A 47 Metros (47 Meters Down, 2017), de Johannes Roberts, y por supuesto aquel snuff que movilizó convites heterogéneos como Tesis (1996), de Alejandro Amenábar, 8mm (1999), de Joel Schumacher, y Hotel sin Salida (Vacancy, 2007), de Nimród Antal. Aquí Zephyr viene de protagonizar un encuentro sexual de una noche con un joven agente inmobiliario que asimismo adora el surf, Moses (Josh Heuston), y por cierto en su cautiverio se topa con otra víctima, la burguesita Heather (Ella Newton), que es elevada en el aire con un arnés y suspendida sobre el agua nocturna repleta de tiburones para registrar el momento en el que finalmente es devorada, ritual de un Tucker que sufrió cuando niño un ataque de escualos y desde entonces está obsesionado con los peces bocones al extremo de que ofrece a los turistas la “experiencia” de bucear con esas jaulas para luego reventar al compañero masculino de la ninfa de turno, acuchillándolo en el cuello y arrojándolo al agua desde su barco cual carnada improvisada, y entretenerse con la señorita grabando el video en cuestión para disfrutarlo en una soledad muy onanista.
Casi todos los recursos y latiguillos de Cita de Sangre y Los Caramelos del Diablo vuelven a decir presente en Animales Peligrosos como un ritmo narrativo pausado, diálogos por momentos irónicos, un villano hiper sádico, un soundtrack rockero de vieja escuela, una fuerte presencia de gore y secuestros, algo de sexo en pantalla y muy buenas actuaciones, hoy de parte de Harrison, famosa por su contribución a Yellowstone (2018-2024), la serie de John Linson y Taylor Sheridan para Paramount, y del australiano Courtney, señor muy talentoso que obtuvo cierto reconocimiento a partir de Divergente (Divergent, 2014), de Neil Burger, y que desde entonces viene siendo desperdiciado en el mainstream anglosajón de la mano de una infinidad de productos entre mediocres e impresentables. Tan lejos de Tiburón (Jaws, 1975), film de Steven Spielberg, como de Miedo Profundo (The Shallows, 2016), de Jaume Collet-Serra, la película sin embargo hace un excelente uso en su último acto del infaltable tiburón blanco, esquema amenazante que se unifica con el juego del gato y el ratón entre Tucker y Zephyr más cadáveres varios, en especial Heather y un vecino de embarcadero del psicópata, Dave (Rob Carlton), y un Moses que protagoniza un intento fallido de rescate. Byrne sigue garantizando un periplo intenso porque privilegia el shock y el desarrollo de una tensión apasionante aquí basada en el snuff, los escualos y un homicida en serie de antología que fetichiza el mar y esos peces que casi lo devoran en su infancia…
Animales Peligrosos (Dangerous Animals, Australia/ Estados Unidos/ Canadá, 2025)
Dirección: Sean Byrne. Guión: Nick Lepard. Elenco: Jai Courtney, Hassie Harrison, Josh Heuston, Ella Newton, Rob Carlton, Liam Greinke, Ali Basoka, Michael Goldman, Carla Haynes, Dylan Eastland. Producción: Pete Shilaimon, Andrew Mason, Troy Lum, Mickey Liddell, Brian Kavanaugh-Jones y Chris Ferguson. Duración: 98 minutos.