En The Navigator: Una Odisea Medieval (The Navigator: A Medieval Odyssey, 1988) el pasado medieval inglés se encuentra con el presente de fines de los ochenta en una peripecia moderna para salvar una aldea del alcance de la peste bubónica que acechaba a Europa en la Edad Media, en un paralelismo entre la mortífera pandemia de la “peste negra” y las amenazas del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), la proliferación de las guerras y la potencialidad nuclear del Siglo XX.
El retorno del hermano aventurero de Griffin (Hamish McFarlane), Connor (Bruce Lyons), a la pequeña y anegada aldea de Cumbria, un poblado en el noroeste de Gran Bretaña en la frontera con Escocia, trae noticias desafortunadas: la peste negra se acerca peligrosamente hacia allí en el despuntar del Siglo XIV, tiempo en el que se sitúa la acción de la película de Vincent Ward, director y guionista neozelandés conocido por ser uno de los responsables de la historia de la tercera entrega de la saga de Alien dirigida por David Fincher y protagonizada por Sigourney Weaver, la obra más inusual del mortífero extraterrestre que masacra humanos.
Las noticias de Connor agudizan las visiones de su pequeño hermano Griffin, que proclama que la única forma de salvar al pueblo de la muerte que se avecina es la ofrenda de una cruz de cobre a la catedral de la ciudad más cercana. Para llegar antes de que amanezca, los voluntarios de la misión, Connor, Searle (Marshal Napier), Martin (Paul Livingston), Ulf (Noel Appleby) y Arno (Chris Haywood), guiados por las visiones del niño, se adentran en un pozo sin fondo, donde encuentran una máquina para cavar que los debería llevar al otro lado de la Tierra. Contra todo pronóstico el pozo conduce a los viajeros medievales al Siglo XX, donde se perderán, se separarán e intentarán cruzar una carretera y llegar a una catedral para cumplir su sagrada misión en medio de la vorágine urbana contemporánea.
El film de Ward, escrito en colaboración con Kely Lyons y Geoff Chapple, indaga en la extrañeza ante un mundo desconocido, o más bien transformado. La película se centra en la aproximación de los peregrinos medievales al Siglo XX, donde se encuentran con unos trabajadores de una fundición en quiebra a los que asumen como herreros, se enfrentan con un submarino nuclear que creen que es un monstruo marino y descubren la televisión y los noticieros, el transporte público, las carreteras y la velocidad, conceptos para los que no están preparados y que se convierten en obstáculos para realizar su importante tarea salvadora.
Esta obsesión de los viajes en el tiempo de una peculiar ciencia ficción se mezcla aquí con las críticas a la proliferación de las armas nucleares y la falta de políticas públicas para contener el SIDA, cuestiones tamizadas por la historia de los estragos que la peste negra causó en Europa, diezmando a la población de la época y dejando un fuerte trauma en la cultura occidental. The Navigator puede ser leída como un sueño o una pesadilla, una premonición de los antiguos acerca del mundo presente, o tan solo una forma de tratar de ver el presente desde los ojos del pasado, todas interpretaciones válidas de una aventura surrealista maravillosa.
En cada una de las escenas queda en claro que la extraordinaria labor del director de fotografía Geoffrey Simpson no fue nada fácil ni para él ni para Ward ni para el elenco y el equipo de filmación, dado que la película ofrece tomas de gran belleza pero muy complejas, en lugares remotos y de difícil acceso, escenas de zozobra, auténticas, con una vitalidad que solo un director extremadamente perfeccionista como Vicent Ward, célebre también por Mapa del Corazón Humano (Map of the Human Heart, 1992) y Más allá de los Sueños (What Dreams May Come, 1998), podía imprimirle a su artesanal trabajo. Lo que más llama la atención al espectador, y lo que diferencia a The Navigator de cualquier otro film, es su intención de retratar la visión medieval del mundo a partir de diversas obras de arte, creando así la sensación de adentrarse visual y espiritualmente en la Edad Media, algo que tampoco se parece a una obra de arte sino más bien a una pesadilla surrealista de los comienzos del cine con Antonin Artaud y/ o Jean Cocteau como referencias indisimulables. La decisión de filmar en blanco y negro las escenas en la Edad Media y en color las del Siglo XX es una apuesta a la vivacidad de los sueños, no solo como motor de la imaginación sino también como propulsor de la creación de la realidad a partir de las creencias religiosas y místicas que atravesaban todo el imaginario medieval.
The Navigator es una gran aventura en el tiempo, una película que ofrece una visión del mundo inusual y enriquecedora, con una fotografía excelsa, estupendas actuaciones, una dirección perfecta y una ecléctica banda sonora a cargo de Davood A. Tabrizi con reminiscencias célticas antiguas, cantos gregorianos y hasta influencias de Medio Oriente que enaltecen la realización, una que es imprescindible ver para entender que el miedo a la muerte -y a no dejar huella- es un temor atávico que recorre toda la historia de la humanidad desde sus oscuros comienzos hasta su calamitoso presente, siempre en el camino de repetir una y otra vez los errores del pasado sin aprender nada de ellos.
The Navigator: Una Odisea Medieval (The Navigator: A Medieval Odyssey, Nueva Zelanda/ Australia, 1988)
Dirección: Vincent Ward. Guión: Vincent Ward, Kely Lyons y Geoff Chapple. Elenco: Hamish McFarlane, Bruce Lyons, Chris Haywood, Marshall Napier, Noel Appleby, Paul Livingston, Sarah Peirse, Mark Wheatley, Tony Herbert, Jessica Cardiff-Smith. Producción: John Maynard. Duración: 92 minutos.