Sueño de Arizona (Arizona Dream)

Vivir eternamente

Por Martín Chiavarino

La primera y única incursión del realizador yugoslavo Emir Kusturica en Estados Unidos comienza, por supuesto, con un sueño delirante de un muchacho de Nueva York de veintitrés años. Un esquimal que lucha por su supervivencia en el Ártico es salvado por un perro samoyedo, que lo lleva de vuelta hasta su iglú para compartir un fletán del Atlántico que ha pescado. El sueño termina con un globo que viaja desde el Ártico hasta Nueva York para despertar a Axel (Johnny Depp), un joven inspector de pesca que le explica al espectador en un monólogo interior a través de voz en off su extraña conexión espiritual con los peces que pesa y marca todos los días.

 

A principios de la década del noventa cuando se estrenó Sueño de Arizona (Arizona Dream, 1993), una comedia trágica de tono surrealista, el mundo que Emir Kusturica conocía y había habitado ya no existía. Su nación, Yugoslavia, el único país socialista europeo que se había mantenido independiente de la influencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, no existía más. Sus distintas nacionalidades se habían independizado en un proceso de desintegración sangriento que recién comenzaba. En ese contexto, Kusturica, un director joven aclamado y premiado con la Palma de Oro en Cannes por Papá Salió en Viaje de Negocios (Otac na Službenom Putu, 1985), y con el galardón al mejor director en el mismo festival por Tiempo de Gitanos (Dom za Vešanje, 1988), hacía su debut fuera de su hogar en Hollywood con una película ambiciosa en los albores de un nuevo cine independiente. Kusturica lo tenía todo, éxito de taquilla y aclamación de la crítica. Incluso Sueño de Arizona se había alzado con el Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín. Había conseguido juntar a la gloria del pasado, Jerry Lewis y Faye Dunaway, con el joven consagrado Johnny Depp y las revelaciones Lili Taylor y Vicent Gallo. Aún así, sería su última incursión en el cielo estrellado de Hollywood.

 

Los sueños siempre conducen a un viaje y eso Kusturica lo sabe muy bien, por lo que tras la onírica introducción a la psiquis del protagonista, Axel, su primo Paul (Vincent Gallo) llega a la ciudad para convencerlo de volver a Arizona para el casamiento de su tío Leo (Jerry Lewis), dado que ha sido elegido por la familia como el padrino de la boda, pero la renuencia del joven a regresar a la ciudad de la que ha huido lo lleva a tomar medidas más drásticas. Lo emborracha hasta dejarlo inconsciente, lo sube al auto y conduce hasta Arizona en un viaje surrealista a través del desierto para reencontrarse con Leo, que se va a casar con una joven de la edad de Axel.

 

Tras conocer a la prometida de Leo, Millie (Paulina Porizkova), una chica polaca proclive al llanto, Axel comienza a rememorar su infancia a través de cintas que filmaba su tío cuando era niño y a sentir nuevamente el olor a colonia barata de su hilarante pariente, que intenta convencerlo de que se afinque en Arizona para dedicarse al negocio familiar. En esas remembranzas proustianas Axel recuerda la muerte de sus padres en un accidente de tránsito seis años atrás, lo que para él decretó el fin de su infancia y su decisión de partir hacia Nueva York, con la certeza de que no quería seguir los pasos de sus padres ni del héroe de su niñez, el tío Leo. En su afán por mantener a la familia unida y encontrar un sucesor, Leo lo convence de intentar vender Cadillacs en su concesionaria, pero lo único que logra es que Axel se vaya a vivir con Elaine (Faye Dunaway) y su hija política Grace (Lili Taylor), dos clientas del local que van a comprar un Cadillac y se terminan llevando no solo el auto sino también a su vendedor. Axel inicia así una relación romántica con Elaine para luego enamorarse de Grace.

 

El protagonista persigue un sueño, escapar de Arizona, de su pasado, y encontrar un futuro, pero parece siempre quedar atrapado. Ya sea en sus sueños, ya sea por su tío y su primo que lo tratan de convertir en vendedor de autos, o por el amor de Elaine y Grace. El problema es que el sueño que persigue se ha transformado en una alucinación constante, una locura alimentada por todo su entorno, al que a su vez él mismo retroalimenta con sus delirios.

 

Sueño de Arizona es un film surrealista, que remite al sueño americano transformado por la aparición del automóvil, especialmente del innecesariamente alargado y magnífico Cadillac, símbolo de la prosperidad del país después de la Segunda Guerra Mundial, que resulta ser la marca que el padre de Leo vendía en Arizona desde 1914, por lo que también representa el modelo capitalista triunfante de Estados Unidos del emprendedor y su metamorfosis en tradición familiar, aquí retomada como réquiem ya en la década del noventa, época de aceleración de la concentración de la riqueza en menos manos. Este símbolo le permite adentrarse a Kusturica en el límite entre los sueños, la imaginación y la realidad, el umbral donde se confunden, para ofrecer una nueva forma de percepción, la de la estética surrealista de Kusturica, un realismo mágico balcánico con raíces gitanas insertado en el desierto de Arizona.

 

Ya en el comienzo Axel despunta como un joven soñador, que vive su profesión de pesar y monitorear los peces del Río Hudson como una actividad fantástica en la que él en realidad lee la mente de los pescados. Al igual que Axel cada uno de los personajes de la película vive en su mundo, completamente enajenado de la realidad. Paul recita diálogos de películas como Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), de Martin Scorsese, o Intriga Internacional (North by Northwest, 1959), de Alfred Hitchcock, en su afán por demostrar a todos su talento para la actuación, su verdadera pasión, mientras que Elaine solo piensa en volar y Claire en suicidarse. Con cada uno de estos personajes perdido en su propio laberinto la película va construyendo una historia sobre un muchacho que homologa al amor con una forma de escape de su hogar y de un pasado que nunca volverá, el del quebrado sueño americano del ampuloso Cadillac rosa.

 

La premisa de Sueño de Arizona no difiere del resto de la obra de Kusturica, pero aquí está expuesta a plena luz, expresada en voz alta y con claridad por el protagonista. La realidad está hecha de sueños, de anhelos, más que de acciones o actos. Lo que en realidad quiere decir que solo comprendemos y experimentamos la realidad, los hechos y las obras, a partir de los sueños y las fantasías con que adornamos esas situaciones. Sin las utopías y las quimeras no existiría la realidad, no ocurrirían los hechos, y solo podemos entenderlos a través de esas imágenes, ya sea ideológicas, imaginarias o subconscientes, según la teoría de la interpretación de la realidad que se quiera tomar.

 

Pero el tema principal que atraviesa toda la película es el renacimiento a través de la muerte. Las charlas acerca de la muerte son recurrentes durante toda la propuesta del director yugoslavo. En el final incluso hay una charla casual en el cumpleaños conjunto de Elaine y Paul sobre cuál es la muerte que cada uno elegiría para sí mismo, una discusión que Kusturica aborda más desde el humor que desde lo mórbido, aproximándose a la muerte como una instancia de la vida, un ciclo más de un proceso, sin quitar ni lo trágico del asunto ni el dolor de los seres queridos, tan solo combinando estas emociones con el humor, lo fantástico y el surrealismo, componiendo así una nueva forma de interpretación de los distintos ciclos vitales.

 

La banda sonora de Goran Bregović, que contiene letras de Iggy pop, coros y percusiones tribales y hasta canciones de Django Reinhardt, funciona como un contrapunto de las imágenes, intentando intensificar la sensación de extrañeza que Kusturica impone en Hollywood con sus peces voladores, sus ambulancias que se dirigen a la Luna, sus globos que surcan continentes y sus experimentos aéreos.

 

En Sueño de Arizona Kusturica experimenta y explota todos los recursos que se convertirán en su marca registrada a partir de su mejor obra, Underground (1995), la transformación de anécdotas en situaciones fantásticas y de los sueños en realidad, la levitación y la obsesión por volar, un sentido cómico inocente dotado de gran profundidad para conmover y, por supuesto, el amor por lo efímero y lo innecesario, aquí ejemplificado en un hombre intentando limpiar con un plumero unos Cadillacs rosas empalados en el medio del desierto, símbolo de los restos del sueño americano yaciendo a la intemperie como esqueletos de un pasado lejano que algunos nostálgicos se empeñan en intentar rescatar del polvo del tiempo.

 

Sueño de Arizona (Arizona Dream, Estados Unidos/ Francia, 1993)

Dirección: Emir Kusturica. Guión: David Atkins. Elenco: Johnny Depp, Jerry Lewis, Faye Dunaway, Lili Taylor, Vincent Gallo, Paulina Porizkova, Michael J. Pollard, Candyce Mason, Alexia Rane, Polly du Pont Noonan. Producción: Yves Marmion y Claudie Ossard. Duración: 142 minutos.

Puntaje: 10