El Guardián (Keeper)

Vivir un poco más

Por Emiliano Fernández

La aparición de El Guardián (Keeper, 2025), la última y desconcertante obra del director y guionista estadounidense Osgood Perkins, no hará más que exacerbar la polémica dentro de la comunidad cinéfila alrededor del carácter valioso o descartable de la carrera del señor, quien hace muy poco tiempo saltó al mainstream y gozó de un inesperado éxito comercial gracias a sus dos films previos, Longlegs: Coleccionista de Almas (Longlegs, 2024) y El Mono (The Monkey, 2025), después de atravesar una década en el indie de la mano de La Enviada del Mal (The Blackcoat’s Daughter, 2015), Soy la Cosa Linda que Vive en la Casa (I Am the Pretty Thing That Lives in the House, 2016) y Gretel & Hansel: Un Siniestro Cuento de Hadas (Gretel & Hansel, 2020), películas enroladas en el “terror elevado” de los siempre interesantes Robert Eggers, Ari Aster y Jordan Peele, entre muchos otros cineastas. El Guardián es claramente un repliegue hacia la comarca arty de la trilogía inicial, una muy fallida por cierto, que termina de confirmar la mediocridad promedio de un Perkins cuya única película buena en serio es Longlegs: Coleccionista de Almas, aquella faena bastante freak sobre cultos y asesinos en serie protagonizada por Maika Monroe y Nicolas Cage, ya que El Mono también ofreció una experiencia fallida en función de un intento de comedia de horror ochentosa que estaba basada en un cuento de Stephen King, una propuesta que no era ni lo suficientemente graciosa ni lo suficientemente astuta o sarcástica como pretendía.

 

Al igual que en Gretel & Hansel: Un Siniestro Cuento de Hadas, escrita por Rob Hayes a partir del texto de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, el guión de El Guardián no lleva la firma del realizador, vástago de Anthony Perkins y Berinthia “Berry” Berenson, sino de Nick Lepard, lo que auguraba un trabajo a tener en cuenta porque el susodicho viene de escribir Animales Peligrosos (Dangerous Animals, 2025), gran obra del australiano Sean Byrne, no obstante el resultado final deja mucho que desear ya que cae incluso por debajo de El Mono, otra odisea atrapada en la medianía porque podría haber sido mejor aunque también mucho peor. La historia es inexistente y todo se centra en la llegada de una pareja, el médico Malcolm (Rossif Sutherland, hijo del célebre Donald) y la pintora Liz (Tatiana Maslany, ya vista en El Mono), a una casa bucólica para celebrar el primer año de amor, sin embargo prontamente son interrumpidos por el primo y vecino del hombre, Darren (Birkett Turton), y su novia, la modelo europea Minka (Eden Weiss). Liz experimenta un popurrí de visiones que se agudizan en su trasfondo macabro cuando Malcolm se marcha de repente en pos de un paciente, excusa para que Darren y Minka mueran a manos de unas criaturas que asimismo merodean el domicilio y para que la propia Liz le pida en vano por teléfono a una amiga, Maggie (Tess Degenstein), que venga a buscarla con suma urgencia, la cual a su vez le desliza la idea de que su novio la está engañando porque podría ser un padre de familia.

 

La propuesta, de hecho, constituye un regreso al minimalismo del inicio de la trayectoria como director de Perkins, quien dio sus primeros pasos en el mundo del cine interpretando a la versión infantil del rol que eternizó a su padre, Norman Bates, en Psicosis II (Psycho II, 1983), de Richard Franklin, en este sentido puede aseverarse que la jugada de esquivar el mainstream amigable para con el espectador menudo de Longlegs: Coleccionista de Almas y El Mono molestará a los fans recientes y ratificará el desprecio de sus detractores, fauna entre boba y ortodoxa que no aceptó las excentricidades de aquellas dos películas y menos lo hará en relación al indie artístico de El Guardián (vale aclarar que en el ecosistema del terror planetario prácticamente nadie lo defiende en materia de las soporíferas La Enviada del Mal, Soy la Cosa Linda que Vive en la Casa y Gretel & Hansel: Un Siniestro Cuento de Hadas). La lentitud narrativa, la claustrofobia y la imaginación de impronta surrealista en un principio recuerdan muy a lo lejos a Persona (1966), de Ingmar Bergman, e Imágenes (Images, 1972), de Robert Altman, en pantalla apuntalando un extrañamiento permanente que a veces funciona y en otras oportunidades se siente pesado e inconducente, como si estuviese destinado a estirar el metraje o un meollo quemado que desde el primer momento promete combinar los espectros, los monstruos de marco esotérico y el omnipresente horror folklórico, aún de moda desde Midsommar (2019), la genial fábula antropológica de Aster.

 

Para colmo de males Perkins abre el film con un montaje de tomas subjetivas en el que una colección de féminas mantienen un vínculo romántico con un individuo misterioso que las termina asesinando, incorporando el recurso de los homicidas en serie a una mixtura de por sí convulsionada porque a lo mencionado también debe añadirse el ámbito por antonomasia del thriller psicológico, esa vivienda aislada o directamente en el medio de la nada, que según la repetitiva interpretación hollywoodense siempre es un bosque de América del Norte. La decisión de incluir el montaje dispara sospechas heterosexuales contra Malcolm y homosexuales contra la misma Liz aunque eventualmente todo queda licuado o más bien confundido en la ensalada de siempre, sin que el realizador sepa bien qué hacer con este mejunje y/ o con cada ingrediente en particular. Dicho de otro modo, la película desparrama sobre la mesa personajes odiosos y la posibilidad de diversos villanos desde un sadismo y una libertad dignos del acervo Clase B de las décadas del 70 y 80, no obstante el director entrega un desarrollo retórico poco riguroso y en ocasiones un tanto lunático, apelando por igual a clichés del terror/ suspenso y a delirios superpuestos que caen en saco roto o no ayudan a condimentar el enigma, además el background de los personajes es nulo y por ende no despiertan empatía o verdadero interés en el público. Sin duda lo mejor del lote es ese desenlace con aires de Ken Russell, Nicolas Roeg, Alejandro Jodorowsky y David Lynch, momento tan incoherente como el resto de la faena pero más original y marcado por un buen diseño de criaturas del especialista Werner Pretorius y por una inversión en género de aquel vampirismo sexual de Hellraiser (1987), la joya de Clive Barker, amén de dos atractivas nociones adicionales que acrecientan la esquizofrenia de la epopeya, la primera vinculada a los doppelgängers o dobles fantasmagóricos a lo largo del tiempo y la segunda homologada a los “sacrificios” que implica la pretensión de vivir un poco más, el fetiche desde siempre de la humanidad a raíz de su incapacidad para hacer las paces con el óbito…

 

El Guardián (Keeper, Estados Unidos/ Canadá, 2025)

Dirección: Osgood Perkins. Guión: Nick Lepard. Elenco: Tatiana Maslany, Rossif Sutherland, Birkett Turton, Eden Weiss, Tess Degenstein, Glen Gordon, Logan Pierce, Claire Friesen, Christin Park, Erin Boyes. Producción: Jesse Savath y Chris Ferguson. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 4