Salvador

Vivir y morir por una foto

Por Martín Chiavarino

Salvador (1986), el tercer largometraje de Oliver Store, lo transformó en una de las grandes promesas del cine de denuncia política de Hollywood. La película narra en clave ficcional el apoyo de los servicios de inteligencia estadounidenses, con envío de tropas y armamento incluido, a la junta militar genocida que gobernaba el país centroamericano apalancada por las milicias paramilitares de lúmpenes asesinos, alegando falsamente que la revolución campesina en curso era parte de un plan de los servicios secretos soviéticos para instaurar gobiernos afines en el continente, visión afianzada en el imaginario anticomunista norteamericano de la Guerra Fría por el éxito de la Revolución Sandinista que había tomado el gobierno un año antes en Nicaragua con amplia participación de la sociedad civil, derrocando a la ominosa dictadura feudal de la familia Somoza, que al igual que todas las dictaduras genocidas de Latinoamérica tenía un amplio apoyo de Estados Unidos a pesar de sus constantes violaciones de los derechos humanos.

 

A diferencia de sus antecesoras, Bajo Fuego (Under Fire, 1983), dirigida por Roger Spottiswoode y protagonizada por Nick Nolte, Gene Hackman y Joanna Cassidy, sobre la cobertura periodística de la revolución en Nicaragua, y la maravillosa El Año que Vivimos en Peligro (The Year of Living Dangerously, 1982), de Peter Weir, alrededor de una historia de amor entre una asistente de la embajada británica interpretada por Sigourney Weaver y un periodista australiano compuesto por Mel Gibson durante el Golpe de Estado que derrocó al presidente Sukarno en Indonesia, instaurando una dictadura que exterminó a medio millón de personas, Salvador propone una aproximación a la cobertura periodística más documental, cruda y sin concesiones para el propio protagonista, a pesar de que la historia no se corresponde fielmente con las experiencias de Richard Boyle. Ya desde las placas del comienzo, con la sinfonía orquestal recargada compuesta por Georges Delerue golpeando a martillazos las duras imágenes fotográficas tomadas por Boyle en El Salvador, que funcionan como ejes del relato, Salvador se presenta como una obra demoledora con una clara intensión de sembrar conciencia sobre el polémico apoyo de Estados Unidos a los genocidas salvadoreños en medio de una guerra civil que recién llegaría a su fin en 1992.

 

Coescrita junto al propio Boyle, la película de Oliver Stone sigue el derrotero del aclamado fotoperiodista, corresponsal de guerra estadounidense y veterano de las coberturas bélicas en Vietnam, Camboya, Chile e Irlanda del Norte. La idea del film nace de la imposibilidad de Boyle de encontrar algún medio que publique su corresponsalía debido a la presión del gobierno norteamericano y la popularidad de Ronald Reagan tras los malos resultados económicos de las políticas de Jimmy Carter. El éxito de su libro sobre el conflicto en el sureste asiático, Flower of the Dragon: The Breakdown of the U.S. Army in Vietnam: An Eyewitness Account of the Day-to-Day Environment of American Soldiers in Vietnam (1972), en el que había abordado la creciente impopularidad de la Guerra de Vietnam entre los soldados norteamericanos, era una fuerte carta de presentación, por lo que desde las huestes republicanas abogaban por impedir que se replique con El Salvador la publicidad negativa que los servicios asociaban con el derrotismo que los liberales -en Estados Unidos asociados al Partido Demócrata- le habían impuesto a la desastrosa campaña en el sureste asiático. El fracaso de las primeras dos obras de Stone, Convulsión (Seizure, 1974) y La Mano (The Hand, 1981), películas de terror, habían redirigido sus intereses hacia la trama bélica que finalmente lo haría famoso, optando por trabajar con Boyle en la adaptación cinematográfica de su cobertura fotográfica inédita que daría como resultado un film realmente excelente en el que se destaca lo hecho por el director de fotografía Robert Richardson, nominado en múltiples ocasiones y ganador de varios premios en su rubro.

 

Abandonado por su esposa y sumido en las drogas, Boyle (James Woods), un corresponsal de guerra adicto al peligro e incapaz de vivir en paz, logra convencer a uno de sus amigos, Doctor Rock (Jim Belushi), un DJ desempleado con problemas similares, para que lo acompañe en su nueva aventura en El Salvador, donde planea reencontrarse con una joven mujer con la que tiene un hijo (en la ficción, dado que Boyle sólo tuvo un vástago con su esposa italiana, que aquí lo abandona en la escena inicial) y conectarse con otros periodistas, amigos e involucrados a ambos lados de la guerra civil para relanzar su carrera, afectada por su adicción a las drogas, su abuso del alcohol y su personalidad explosiva.

 

Ante la estupefacción de Doctor Rock, que descubre que su rol fue el de aportar dinero para la peligrosa y descabellada aventura, los dos hombres se ven envueltos en la guerra civil salvadoreña, atrapados entre el terrorismo de Estado de parte de la Junta Militar, especialmente a través de los escuadrones de la muerte, y el apoyo campesino al recientemente formado Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la organización que nucleó a partir de 1980 a todas las guerrillas que actuaron en la década del 70 en el país.

 

En su época, la introducción de personajes ficcionales como el de John Cassady (John Savage), un fotoperiodista supuestamente reconocido que funciona como un contrapeso profesional al desastre que representa Boyle en pantalla, los cambios en las personalidades de Boyle y Doctor Rock y las escenas que nunca tuvieron lugar, como la llegada a Estados Unidos de María (Elpidia Carrillo), su pareja, generaron controversia, principalmente debido a la -en ese momento hegemónica, pero en declive- percepción realista del cine que valoraba tanto a la representación más cercana a los acontecimientos verídicos como a las películas históricas y los dramas de época por sobre el resto de los géneros. Aquí los cambios introducidos por Boyle y Stone en el relato no socavan la trama, la enriquecen con personajes que dinamizan la historia y escenas que agregan valor sin menoscabar los sucesos, retratados con la seriedad y el respeto que requieren.

 

Las actuaciones son brillantes y de hecho James Woods logró su única nominación en Salvador como mejor actor protagónico en los premios de la Academia de Hollywood. Sólo diez años luego conseguiría otra nominación, pero como actor de reparto por Fantasmas de Mississippi (Ghosts of Mississippi, 1996), de Rob Reiner. Savage, Belushi, Carrillo, Michael Murphy como el embajador estadounidense, Cynthia Gibb como la misionera laica Cathy Moore, basada en Jean Donovan, Tony Plana, Valerie Wildman, José Carlos Ruiz y Juan Fernández, todos actores de primerísimo nivel, se lucen con actuaciones verdaderamente formidables.

 

Filmada en México, la película cuenta con escenas memorables de toda índole que retratan la toma de la ciudad de Santa Ana por parte de los guerrilleros, el bombardeo norteamericano de la misma metrópoli, las discusiones de Boyle con sus contactos en los servicios de inteligencia, el asesinato en 1980 de Monseñor Óscar Romero, el Arzobispo de El Salvador, por parte de los escuadrones de la muerte mientras oficiaba una misa, las ejecuciones de civiles y las fotografías de las fosas comunes, todas imágenes difíciles de olvidar, muy logradas por parte de Stone, quien justo luego dirigiría Pelotón (Platoon, 1986), la película que lo confirmaría como uno de los mejores realizadores de su generación.

 

Salvador (Estados Unidos/ México/ Reino Unido, 1986)

Dirección: Oliver Stone. Guión: Oliver Stone y Richard Boyle. Elenco: James Woods, Michael Murphy, Jim Belushi, Elpidia Carrillo, John Savage, Tony Plana, Colby Chester, Will MacMillan, Cynthia Gibb, Valerie Wildman. Producción: Oliver Stone y Gerald Green. Duración: 122 minutos.

Puntaje: 9